Esta vez no debo contar mucho del argumento.
Tras un prólogo de ascendencia luctuoso, un grupo de amigas aficionadas a los deportes de riesgo se reúnen en los montes apalaches para vivir una aventura de aires redentores en el interior de una gruta natural revestida de misterio(s) y espacios angostos. Una vez dentro, sumergidas en un supramundo desconocido e impreciso, descubrirán una ruta nueva que, incautas, se aprestarán a explorar ignorantes -pues sí- del terrible secreto que el subsuelo oculta en su interior.
The Descent disecciona el género humano en un brutal descenso a los infiernos donde el prometedor guionista y director británico, Neil Marshall (autor de la interesantísima y reivindicable Dog Soldiers ), introduce a un grupo de excursionistas profesionales, sometiéndola a una tensión creciente e imparable en torno a una serie de peligros derivados de una aventura de carácter espeleológico contada desde una perspectiva próxima a la ciencia ficción antropocéntrica.

Con un entramado argumental de apariencia (insisto, sólo en apariencia) previsible (más y cuando no tardan en advertirse ciertas reminiscencias al tríptico Deliverance, La Presa, Depredador que tanto debieron gustar al director de Dog Soldiers), la película comienza a recrearse en episodios de suspense, enfrentando a las protagonistas a varias situaciones extremas que, en último término, las pondrá de bruces frente a sus propios demonios internos. En este sentido, lo que en principio parece una película de terror convencional se va transformando en una historia de cariz reparador (las protagonistas se sumerjan en el interior de la tierra para bucear en busca de sus raíces), donde llegan a cristalizarse viejos temores, recelos, dudas, vínculos afectivos, expiaciones, deudas morales, temores... que atañen a las protagonistas y a sus relaciones sobre un escenario abiertamente hostil, de aspecto sobrenatural y tenebroso. Desde este punto de vista, The Descent de Neil Marshall se va a entender como una fábula antropológica desde la que extraer conclusiones definitorias de una naturaleza, la humana, incapaz de rehuir su ineludible condición de animal superviviente y destructivo. Y todo ello, sin renunciar a un climax desasosegante y pesadillesco, puro y duro cine de serie B: vibrante, sorprendente, artesanal; cine de consumo de alto voltaje diseñado para gargantas, en fin, ávidas de buenas e ineludibles historias de ficción.

Apuntad este nombre: Neil Marshall. Algunos de los que me conocéis habéis leido/escuchado vaticinios similares en la persona de David Twohy que todavía están por cumplirse (aunque a mí siga pareciendo ciertamente reivindicable toda su filmografía). Con Neil Marshall no me equivocaré.
Apuntad esta película: The Descent. Un film de género ultraplanificado donde no sobra ni un sólo plano que, además, adquieren una significación especial en sucesivos visionados, dejando para el recuerdo indeleble el disfrute de la que es, con pocas dudas, la mejor película de terror del año. Una película acojonante. En todos los sentidos.
Lo más destacado: su final: un imposible climax de una hora de duración embebido de paredes que emanan efluvios sanguinolentos, altas dosis de desasosiego y tratamiento de pesadilla, culminado de manera harto inconvencional y arriesgado.
Lo menos destacado: que su apariencia formal y sinopsis den a entender que nos encontramos ante una cinta de consumo desposeída de alicientes paracinéfilos.
Calificación: 9