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La Coctelera

El Cronicón Cinéfilo 2ª Epoca

Artículos y Críticas de Cine de J.P.Bango

Categoría: Historias de Cine

11 Noviembre 2005

HDC: El Rey de la Selva

Esperemos que el bueno de Jackson consiga hacerte justicia)

Suenan tambores de reclamo en un horizonte preñado de teas que arden al abrigo de una empalizada donde creen permanecer a salvo de mi figura. Y frente a sus hogueras de miedo, un puñado de vírgenes tiemblan esperando que un rugido las libere de unas ataduras a las que las condena la comunidad que mañana mismo comenzará a llorarlas, y a la que, sin embargo, salvan manteniendo otro año más una tradición secular de aires supersticiosos. Piensan, dominados por el terror, que pueden permanecer guarecidos de un Dios que ellos creen impiadoso; sin embargo, yo no soy un Dios sino un animal, más que eso: necesito amar. Y ellas no son sino un juguete en las manos de un monstruo incapaz de comprender su naturaleza y condición; un monstruo, digo, ¡un monstruo...!

Pero todo cambia con la presencia de ella: una hembra blanca con el pelo bañado en oro acompañada de otros tipos de andares altivos y pose arrogante. No tarda en convertirse en mi obsesión y los otros lo saben. Por un lado, la deseo. Por otro: los temo. Pero no me importa. Los ojos de la hembra son un regalo del cielo en esta selva necesitada durante tantos años de alguien que alterara sus normas prehistóricas. En mi mano ya no es un juguete sino algo más. Lo sé. Algo más. Y ella muestra en su rostro el gesto de quien creyéndose herida todavía se niega a renunciar a su condición de bella dama, de hembra seductora e irresistible.

***

No sé lo que ha pasado. Me he quedado dormido y hoy mi cuerpo yace postrado en el interior de un receptáculo en el que me cuesta respirar. Me mareo. Tengo que despertar de esta pesadilla que me cubre de pescado y desasosiego, que oprime mis pulmones y ahoga mi anhelo de estar con ella... otra vez.

Ya no son antorchas sino luces de una naturaleza que no percibo las que prenden frente a mi rostro. No sé donde estoy ni qué es lo que vitorean aquellos que esperan tras las cortinas. Cuando se abren, una ingente cantidad de pequeños monos de tez blanca expresan su temor con un repentino silencio. Pero atado en esta plataforma gigantesca, ahora soy yo el que les tiene miedo. Pero el miedo puede vencerse. Siempre ha sido así. De repente, echo de menos la isla que me vio nacer, la libertad, rodeado de estos seres que asisten a un espectáculo que, os aseguro, no olvidarán jamás. Por lo pronto, me deshago del primer cordaje. Y grito porque no tengo otra manera de demostrar mi hostilidad contra aquellos que financiaron mi secuestro.

Huyo sin saber adónde. Destruiría su poblado si consiguiera ver, al menos, su final. Pero su frontera se rebela inalcanzable. Si tuvieran hechiceros podría negociar una rendición, quizás mi exilio. Pero no tiene hechiceros y no dejan de perseguirme. Y mi único propósito sigue siendo regresar a casa.

Exhausto pero todavía íntegro, he conseguido alcanzar un refugio cerca del cielo.

***

Ella. Otra vez.... Otra vez en mis manos. Y no tiene miedo. Si pudiera convertirme en uno de ellos lograría escabullirme entre una multitud que asiste, curiosa, al linchamiento de la bestia que todos ven y que únicamente yo siento, pero solo soy un animal enamorado que teme que puedan hacer daño a aquella a la que una vez deseé. Su hermoso y pequeño semblante corre peligro junto a mí, así que lo pongo a buen recaudo y me entrego a mi destino en esta cima sin salida en este día maldito en el que nunca debí haber despertado. Entonces algunos de ellos comienzan a revolotear a mi alrededor, insensatos. Son abejas gigantes que escupen aguijones contra un pecho derrotado por el desconcierto.

Ahora yazgo inconsciente en el suelo de una jungla de cristales y asfalto. Y mi corazón muere lentamente, lentamente...

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19 Agosto 2005

Enajenado

Todos contaron su experienca en primera persona... menos él

La montaña:
Después de tantos siglos condenado a vagar sin rumbo por las servidumbres de la inmortalidad, me encuentro de bruces con mi futuro enmarcado en una foto rebozada en bronce y plata, la imagen de una ninfa atrapada en el tiempo cuyos designios -me dice, incauto- le pertenecen en exclusiva... Le costará salir de los míos, eso puedo jurarlo.

La Guerra:
Acopio enseres: ropajes, sombreros, tierra de mi tierra, un baúl plagado de recuerdos..., y me embarco rumbo a lo desconocido esperando recuperar en mi destino el vestigio de un amor proscrito; un recuerdo hermoso arrebatado por una guerra proterva financiada por mercenarios al servicio del Dios que hoy me repudia.

La Tempestad:
Llueve. No puedo eludir la zozobra que me provoca la necesidad de alimento y tengo que salir fuera para satisfacer el instinto que define mi condición animal. Vomito sangre entre la tormenta, embriagado por las almas que he de absorber para seguir manteniendo a buen recaudo la mía. Pero cada vez estoy más cerca de ella. Podría detener la tempestad si quisiera.

La linterna mágica:
Rejuvenecido, paseo por las calles de una ciudad mestiza donde los viandantes se confunden con bellas damas y los lobos blancos campan a sus anchas en salones de té tumultuosos junto a una linterna mágica que estrella contra una pared... fragmentos de las vidas de otros. Ahora sé que todo es posible estando ella tan cerca de mí.

La Princesa:

No sabe que ya es mía. Disimula su condición de hembra enamorada hablándome de los suyos, de dudas y recelos que dice tener, de esperanzas forjadas sobre el trabajo de un gris empleado de inmobiliaria. Me considera un desliz furtivo, un hombre exótico y aventurero, un príncipe de cuento enajenado, mientras bebe otro trago de absentha al compás de la música prohibida. Sus ojos reflejan los restos de la hermosa princesa que un día fue.

La niebla:
Convertido en niebla, atravieso la puerta esperando un encuentro con su presencia, compartir mi carne con ella, hacerla partícipe de un juego donde siempre pierde el inmortal. Ellos no lo comprenden e interrumpen el momento de éxtasis donde una vez compartirmos la esencia hemoglobínica que una vez nos concretó. Atraviesan la puerta con brusquedad: tratan de salvarla, ¡arrebatándomela! Pero en la noche yo soy más que una bestia. Su cruz, un vestigio pretérito en vías de extinción.

Recuerdo:

La llamo. Arrinconaron mi presencia en la ciudad mestiza, robaron mi tierra, mataron a los míos... No quiero venganza pero sí a ella. Vuelvo al hogar herido en una batalla en la que hace tiempo debí haber participado y sé, a fe ciega, que vendrá tras de mí. La noto. No moriré sin verla otra vez.

El Sol:

El último estertor de un día maldito se asoma sobre mi cabeza segundos antes del anochecer. Me defiendo como puedo rodeado de unos tipos que no saben por lo que luchan, lo que tratan de evitar. La última punzada sobre mi corazón me arroja contra sus pies en una capilla feérica que rebela mi verdadera condición.

Redención:
Regados en lágrimas contemplamos el techo que una vez sirviera para proteger nuestra lealtad. Tengo frío. Mi cabeza yace muerta sobre los muslos de ella. Pero no muero. Y no lo haré mientras alguien que pueda sentir mi muerte. Pero no muero. Porque el amor, simplemente, nunca muere.

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28 Julio 2005

La eterna espera

¿Alguno de ustedes se ha parado a pensar lo que tarda en pasar una eternidad? No. Seguro que no. Ustedes viven en un planeta donde la eternidad es un concepto etéreo, una panacea filosófica sin importancia. Esperando a la eternidad pueden, tranquilamente, morirse. No saben la suerte que tienen...

Yo vivo en un planeta donde la eternidad se manifiesta segundo a segundo. Y yo no puedo morir para superarla, al menos en mi estado embrionario, cuando mis tentáculos reposan dentro de un cascarón ovoide esperando -este es mi sino- la siguiente etapa evolutiva. Para que se produzca este salto liberador a uno de ustedes se le tiene que ocurrir aterrizar en mis dominios, hollar el terreno que una vez pisaron mis antepasados y meter sus narices, literalmente, en el casco de mi nave espacial buscando lo que no hubieran querido -de saberlo- haber descubierto jamás.

Cuando viene a verme una camada de astronautas incautos, las emociones que uno siente por dentro se asimilan a un orgasmo. No. No me mal interpretéis. Mi deseo de carne no tiene nada que ver con el sexo sino con la supervivencia. La sangre me regenera, me convierte en una supraespecie voraz, letal y atlética. Y ellos suelen llegar colmaditos de templada hemoglobina...

Me convido a pasar a mi tercer estadio en cualquier receptáculo orgánico que me permitar asimilar substancias vitales: plasma y líquido amniótico. Salgo después de él, por donde pueda (nunca de manera discreta), y comienzo a estudiar a mis futuras víctimas; las cuento: una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... No me gustan los gatos. De momento soy pequeño y huyo. Mañana seré más grande y les plantaré cara. Sólo necesito sus vidas y, a mí, nunca me asustaron los lanzallamas.

Los he devorado a todos. A todos menos a una... Una hembra. Ella cree que me ha matado. Pero sólo yo sé la verdad. Vuelvo a mi latente estado primigenio: la perpetua e insobornable espera.

Cada vez estoy más cerca de vuestro utópico planeta azul. Y vosotros, víctimas potenciales de mi voracidad, a un paso -sólo uno-, de la extinción.

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21 Julio 2005

Aterrada

Había pensado en meterse dentro del armario y esconderse. Pero sabía que él la encontraría.

Había pensado en coger la llave de la habitación y cerrarse por dentro. Pero sabía que él se colaría por el ojo de la cerradura y que se ensañaría con ella como había hecho con aquella niña de la tele.

Le aterrorizaba pensarlo. Había comenzado a oír los ruidos en el desván hacía unas semanas, justo después de que su padre hubiera partido hacia la estación petrolífera. Su madre y ella habían buscado por todos los rincones del desván buscando señales de actividad de algún animal y aunque había venido un hombre de la empresa de su padre para certificar que no había ninguna rata, los ruidos cada vez eran más intensos. Sobretodo por la noche, pensaba la niña, sobretodo cuando su madre se iba a trabajar...

A la semana ya se había acostumbrado a los ruidos pero podía sentir su presencia. En los espejos, en los azulejos del cuarto de baño, tras las ventanas... el reflejo de aquella entidad dominaba todos los rincones de la casa. Y sus pensamientos.

Después vinieron los dibujos. En realidad, ella no se acordaba de haber realizado ninguno de aquellos dibujos pero su madre y su maestra se habían alarmado tanto por su contenido que ella misma se empezó a preocupar. No recordaba haberlos hecho, pero todos tenían su firma, estilo, color...

Sólo recordaba la voz. Esa voz tan aterrorizadora que aunque había pensado en meterse dentro del armario para esconderse, sabía que acabaría encontrándola. Esa misma noche o mañana. Se lo advirtió a su madre el domingo por la tarde:

- Me pasará lo que a aquella niña, la de la tele, la que giraba la cabeza sobre una cama. El diablo se meterá dentro de mí. Me hará daño. Y te haré daño, mami. Lo sé. Él me lo cuenta. Él lo sabe todo de nosotras. Y dice que tú eres nuestra peor enemiga.

La madre, ingenua, pensaba que no tenía que haberla dejado ver aquella película.

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