Fin de semana de Hispacon, ahora transmutada en Ibercon para dar cabida a los colegas portugueses y, de paso, compartir gastos.
Al hilo de la misma, la pasada semana recibí el Visiones 2005 , la antología de narraciones de carácter anual que reúne alguno de los relatos inéditos más satisfactorios dentro del género (de Ciencia Ficción y Terror) compilados por un maestro de ceremonias y seleccionador invitado (por la AEFCFT ), este año, representado en la persona de Santi Eximeno, que tuvo por bien darle cabida a uno de mis cuentos más queridos.

Participado de algún error de imprenta importante pero comprensible, que lastra (o dota de un sentido especial) algún párrafo de varios relatos (todos relacionados con la aparición de textos en cursiva de ascendencia bastarda), su presencia en mis manos -e imagino en manos de todos los que participan de la compilación-, supone una recompensa edificante a nivel emocional que compensa, y de qué manera, el tiempo (siempre más de lo debido) empleado en la redacción de cada línea, párrafo, fragmento de esta colección de historias financiada con el afecto que profesamos unos pocos a la creación de fábulas de ficción que salgan de lo ordinario...
Y es que no hay nada como tocar letras aposentadas sobre celulosa para darse cuenta que el esfuerzo, tantas veces inane, de vez en cuando sirve para dar frutos, algún libro y nuevas y renovadas ganas por hacerlo mejor y superarse.
En fin, aun me quedan varios relatos que leer (ya me han dicho que he dejado lo mejor para el final: en especial María y los Mendigos de Alfredo Álamo), así que esperaré a tenerlo todo leído para emitir un juicio de opinión sobre la calidad global de la antología, si bien, a grosso modo, es cierto que el compilador, el infatigable Santiago Eximeno , ha reunido un buen número de historias con un claro y sugerente denominador común, la Muerte, tal y como el mismo advierte en el prólogo. También noto, quizá por lo anterior, menores dosis de heterodoxia que la aparecida en La ciudad de los Muertos y otros relatos (la otra compilación de la que participaba a principios de año); heterodoxia que se traslada, quizá sorprendemente, al plano formal.Globalización de carácter creativa de la que, sin embargo, tampoco sabe desmarcarse mi relato.
Algo que hay que apresurarse a subsanar con tiempo y riesgo.
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28 años. Contable mediocre a punto de dejar de serlo, técnico laboral desactualizado, documentalista en paro. Una de las víctimas de los programas de televisión desposeídos del afecto de la audiencia y de la infravaloración que define, en la mayoría de éstos, al departamento de Documentación que los apoya.
Escritor amateur, cinéfilo empedernido, lector de ciencia ficción, hábil perdedor de tiempo en utopías, aún conservaba intacto el recuerdo de aquella primera vez: ocurrió de niño, en un pase televisivo, a hurtadillas frente a una pantalla en blanco y negro que desconocía el significado de la palabra nitidez; y en ella un mundo de emociones inabarcable: un hombre trataba de sobrevivir a una cotidianidad que se había vuelto contra él; un sujeto condenado –por cuenta de una nube tóxica maldita - a desaparecer, centímetro a centímetro, de la realidad aparente que lo amparaba. Seguramente, El Increíble Hombre Menguante siga siendo una de las monster movies más mordaces y sarcásticas de todos los tiempos y, sin ninguna duda, la que posee una de las metáforas más incisivas para con el género humano. Y, con el mismo compromiso, siga siendo el mismo film lúcido y, a ratos, desasosegante ideado a medias por Richard Matheson y Jack Arnold en la lejana década de los cincuenta. El mismo film -hoy día- casi olvidado por un público joven habituado a dejar parte de sus pagas semanales en los bolsillos de Jerry Bruckheimer o Renne Zellweger...
Pero él, por aquel entonces un crío ingenuo y despistadizo, liberado de la capacidad del raciocinio filosófico por cuenta de un sistema educativo deficiente (y una falta de aptitud considerable –no nos vamos a engañar-), acababa de ser investido con el don de la admiración hacia las obras de creación artísticas, aún menores, y caminaba embriagado por la capacidad de absorción de un medio, el cinematográfico, que utilizaba los recursos propios de su lenguaje para contar historias cautivadoras, fascinantes, ensoñadoras. El medio de expresión ideal para enganchar a un niño de siete años que comenzaba a descubrir que el Mundo no era sino lo que había sobrevivido a una Historia cruenta y descarnada, y el Presente, abarrotado de educadores sin talento, regido por la inflexibilidad de los horarios, las prisas, la formación descafeinada, apenas si estaba dispuesto a dejar protagonismo a la imaginación, y mucho menos, a ese mundo emocionante, seductor, marciano dimanante de la pantalla de cine.
El visionado de El increíble hombre menguante fue uno de los primeros recuerdos de su infancia y, desde luego, el acontecimiento televisivo (junto al mundial 82) que cambió su vida. Después, descubrió Los Héroes del Tiempo y Brazil, Drácula y Edgar Allan Poe, El Imperio Contraataca y aquel ciclo magnífico de Alfred Hitchcock, Clint Eastwood, Charles Chaplin, Andrei Tarkovski…
Contemplando –cautivado- aquella colección de historias, imágenes, momentos extraordinarios se animó, con el paso de los años, a devolver a ese Arte magnífico parte de los grandes instantes que le había hecho pasar. Así que se fabricó un estilo de lenguaje para vindicar, con la pasión que también desprenden estas líneas, el Cine que siempre le gustó y del que sabía escribir. De este modo surgió El Cronicón Cinéfilo y su atención exagerada a los cineastas que admiraba: John Carpenter, David Cronenberg, Stanley Kubrick, Aldred Hitchcock, Brian de Palma, George Lucas, Steven Spielberg, Julio Medem, Ken Loach, Alejandro Amenábar, Terence Fisher, Roger Corman, Joe Dante, Terry Gilliam, Charles Chaplin, Orson Welles, Serguei. M. Eisenstein, Jiri Trnka, Roman Polanski, Quentin Tarantino, Hayao Miyazaki..., y a las constantes irreductibles que definen a la más inspirada de cuantas artes misceláneas pueblan nuestra modernidad: la Cinematografía.
Y así surgió el ardor que anima a estas líneas, el perfil egocentrista que ustedes están leyendo sobre la figura de un tipo discreto y reservado al que, simplemente, le dio por acercarse al mundo del Cine desde las trincheras de la escritura amateur. Justamente quien esto firma.
J. P. Bango
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Tal y como os adelanté en días previos, ya está editado y colgado en la revista Terror Universal la segunda parte de mi estudio sobre la relación de John Carpenter con el Cine Fantástico, en realidad, una excusa como otra cualquiera para hablaros del Cine de género que más nos gusta y satisface.
Mediados de la década de los ochenta: JC ha dejado de ser el gran revitalizador del Cine Fantástico para convertirse, con entidad propia, en uno de los subgéneros más reconocibles y substanciales del mismo.
[Leer segunda parte completa: John Carpenter y el Cine Fantástico: de Golpe en la pequeña China a Ghost of Mars]
[Leer primera parte: John Carpenter y el Cine Fantástico: de Dark Star a Starman]
[Leer todos mis artículos de El Cronicón Fantástico]
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El pasado 30 de junio salía a la venta “La ciudad de los muertos y otros relatos” y sólo unos días después los autores ya contábamos con un par de ejemplares en nuestras casas. El resultado es más que satisfactorio. Diez relatos de otros tantos escritores que tratan de demostrar, de forma indefectible, su voluntad de estilo y gustos literarios, su singular granito de arena en un libro colectivo, ciertamente, evocador que constituye una propuesta conceptual seductora para introducirnos en el universo creativo de un grupo de autores que tratan de hacer de su estilo una marca reconocible, de sus ilusiones y proyectos, la cristalización de un sueño infantil: llegar a ser escritores.

El resultado global es irregular pero francamente lúdico y reivindicable; se lee de un tirón y ofrece, bien y a las claras, el buen estado de alguno de los juntaletras más prometedores de este olvidado segmento temático-literario denominado: ciencia ficción hispana (entre todos haremos que revierta esa condición residual, ya veréis). Como ya dije en algún foro, deja en el gaznate una sensación a literaratura ya leída (o a película ya vista) pero en su haber sólo pueden apuntarse un buen puñado de ideas fascinantes, una literaratura ágil y liviana (sí, lo sé: la literatura no pesa), un atrevimiento formal más que destacable.
Los relatos son heterogéneos y se amoldan a una gran variedad de estilos y géneros: desde el cyberpunk del relato de Fran Ontanaya a la gozosa hilaridad de la fábula kafkiana “Los miércoles, a media tarde, me convierto en vaca” de Ángel Pérez Jiménez (creo que me desencajé la mandíbula de tanto reírme), pasando por los efluvios teológico-existenciales del siempre inspirado Santiago Eximeno, o el costumbrismo alienígena del irreductible Sergio Gaut Vel Hartman. Y por supuesto, tampoco falta el espíritu de Dick en el relato ganador (y que da título al libro) obra de Antonio Cebrián: una buena historia (previsible pero no por ello menos satisfactoria) que detenta, con merecido orgullo, la bandera imaginaria de esta sugestiva antología.
Mi aportación a esta compilación de talento es un breve relato titulado “La Decisión Final” que nos cuenta en un plano costumbrista (y algo impersonal, hay que añadir), una historia con un leitmotiv ya anunciado en el título pues todo versa en torno a una decisión (más que trascendente; definitivamente inexorable). Para darlo empaque, el relato ofrece como apoyo contextual alguno de las constantes que definen buena parte de mis intereses temáticos (en su modalidad prospectiva) como la falta de identidad, la desigualdad social o la decadencia del modus vivendi actual. Lejos de la gravedad teórica de todo lo dicho, esta historia sirvió sobretodo para reintroducirme en el mundo de los humanos con plena movilidad... La Decisión Final se define, pues, como un relato terapeútico que será mejorado (y complementado) con nuevos relatos e historias en un futuro próximo.
En fin, la edición es francamente buena (aunque la elección de la portada sea discutible) y el esfuerzo que hay detrás (no es difícil de imaginar) titánico. Y sí, se puede adquirir on-line, de momento, a través de la tienda de la editorial que lo promociona y sustenta: Parnaso.
Es una opinión eminentemente subjetiva pero, por supuesto, “La ciudad de los muertos (y otros relatos”, es una antología literaria que merece la pena adquirir.
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Ahí os pongo un enlace con mi peculiar acercamiento a la convocatoria de la Banda de Diálogo, ya lo sabéis, un certamen de escenas para bloggers convocado por nuestro amigo Luis que para su primera edición ha preparado una excusa conceptual más que inspiradora: La televisión.
Disfrutad de este "Sexo Catódico" por cortesía de alguno de los personajes más queridos de quien esto escribe y redacta.
servido por bango
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