Spielberg vuelve al Cine Alienígena, asimilando su condición de autor mayúsculo pero también de último clavo al que nos agarramos aquellos que creemos que en el cine de consumo sigue habiendo lugar para el talento. Y lo hace adaptando una historia tantas veces acomodada, La Guerra de los Mundos, en diferentes productos y proyectos narradores de esta invasión alienígena planificada con propósitos genocidas por cuenta de una horda de marcianos (o no) devotos de los rayos destructores...

Un entramado manido para un espectador contemporáneo, está claro, acostumbrado a cohabitar en las sobremesas con invasiones variadas que como Mars Attacks, Independence Day o las series V o El Día de los Trífidos, comparten más de un punto en común con la novela de Welles (H.G.) que, sin embargo, conserva el aplaudible honor de haber sido la primera de asomarse al cielo (con recelo) y detectar en él mucho más que una (devastadora) amenaza.

Pues eso. Welles (H.G.) dicta el prólogo; ya saben:

Nadie hubiera creído, en los ultimos años de este Siglo, que los asuntos humanos fueran vigilados de una forma atenta y detallada formada por inteligencias mayores que la del hombre y sin embargo tan mortales como la suya; que mientras los hombres se atareban en sus asuntos eran escrutados y estudiados, quizá casi tan estrechamente como un hombre con un microscopio puede escrutar a las transitorias criaturas que pululan y se multiplican en una gota de agua...

... y Spielberg pone, al servicio de la causa, toda su maquinaria productiva: su incuestionable talento narrativo y el virtuosismo técnico que lo da soporte. Para empezar, altera el punto de vista de la historia y se olvida de generales con bigote, de armas de destrucción masiva de ascendencia controvertible, de científicos orates fabricantes de proyectiles atómicos y de Presidentes coleccionistas de aviones de combate. Aquí Tom Cruise protagoniza todos y cada uno de los planos que componen el film. Y su papel no es, precisamente, de ranger justiciero que se ha pasado media vida compilando armas en su bunker de Texas esperando una invasión similar, sino el de un padre de familia, en realidad, un desperfecto de padre: separado, haragán, desorganizado, mecánico sin serlo, estibador portuario de rudimentarias aptitudes incapaz de comprender ni uno sólo de los problemas que acucian a ese par de hijos que este día le está tocando cuidar.

Este día, digo, por alusiones, es el Día de la Invasión. Todo sucede de pronto. Resuenan ecos de rayos en el horizonte precedidos de un ruido devastador. El barrio se contagia de misterio (la atmósfera es sombría y turbadora) y expectación. Los vecinos se reúnen en torno a un pequeño cráter que parece haber centralizado todas las sacudidas. El Apocalipsis –están a punto de descubrirlo-, se está concibiendo bajo el asfalto...

La primera hora es ejemplar, paradigmática, superando con nota alguno de los mejores comienzos de la historia del Cine de la que también forman parte dos películas del cineasta: Indiana Jones y el Templo Maldito y Salvad al Soldado Ryan. En este fragmento introductorio, el despliegue de talento es incontenible, alcanzando su cenit en un plano-secuencia argumentativamente menor pero rotundamente reivindicable: la huida por la autopista que provoca la primera crisis de Rachel (Dakota Fanning insuperable, para variar), con el protagonista sorteando coches abandonados y tipos desorientados en busca de su identidad... La cámara vuela, se mete en el coche y sale con la misma facilidad con la que antes había entrado mientras la niña trata de recuperar su espacio proxémico y los dos adultos su capacidad analítica y cordura... No se puede hacer mejor. En el plano virtuoso Spielberg sigue sentando cátedra y es el único capaz de demostrarlo de año en año. Debería fundar una escuela pero no lo hace aun a sabiendas de que nadie sabría imitarlo. Si otro le escribiera los finales pasaría a la historia como uno de los mejores... pero no adelantemos los hechos. Seguimos en la autopista, huyendo hacia la nada. La película funciona de forma cabal durante unos minutos más hasta que la fatiga se apodera del cineasta (nunca del espectador) tras una brillante hora y media, coincidiendo con la aparición del personaje de Ogilvy (por cierto, ¿Por qué diantres recluta para su ejército partisano a un padre con su niña?), que preludia la parificación del universo spielbergiano con el de uno de sus seguidores más destacados: M. Night Shyalaman y, curiosamente, con su peor película, Señales, revirtiendo las reglas de la intertextualización maestro-seguidor, reubicando la película en el terreno del terror psicológico en su modalidad claustofóbica que emparenta también a este segmento del film, pues sí, con La Noche de los Muertos Vivientes de Romero del mismo modo que el segmento de la Ciudad Devastada le debía, y mucho, a Roy Ward Baker y a su Quatermass and the Pit (o a su actualización pro-explotation: Lifeforce).

La película se oscurece, se enroca, tomando formas y colores pre-apocalípticos, ritmo y textura de obra de consumo concebida con propósitos moralizantes... La Guerra de los Mundos se transmuta, por lógica deducción, en una película melodramática, apoyando toda su fuerza en la relación existente entre el padre y sus hijos, dejando de lado (nunca se pretendió algo diferente) la acción y los alienígenas... En este sentido, la invasión es sólo un pretexto, aunque terrorífico, y queda siempre en segundo plano, contextualizando la huida de todos los personajes, en realidad, sirviendo de contorno ruidoso a la historia de este estibador que busca en su evasión los términos de una redención inexcusable.

La sensación que deja el visionado de La Guerra de los Mundos es contradictoria. Su virtuoso comienzo la convierte de golpe en una de las películas más impactantes de lo que va de año y, sin duda, en el blockbuster de la temporada. Los temas con los que entronca su entramado son más que apasionantes: refugiados huyendo de lo inevitable, ambiente pre-apocalíptico teñido de rojo, redención familiar por cuenta de una amenaza maldita... Spielberg resuelve la mayoría de las situaciones que plantea de forma brillante (en especial, la del accidente de avión o la secuencia de la pistola) y otras de forma dudosa y reprochable (“la familia todo lo justifica”, parece insinuar): una relacionada con el personaje de Ogilvy y otra con el engolamiento que envuelve a su parte final. Nada nuevo a ese lado del Atlántico...

La Guerra de los Mundos es, en fin, una propuesta multigenérica (terror, ciencia ficción y drama) terriblemente disfrutable, sostenida por dos interpretaciones más que convincentes, y por un envoltorio técnico artístico de primera generación que oculta, sí, el carácter intrascendente y vacuo de su argumento (El Valor familiar enfrentado a cualquier dificultad por muy irresoluble que esta parezca: para sobrevivir ya tenemos el Deux ex machina) pero que devuelve, y en plena forma, a uno de los mejores cineastas de su generación al oficio que una vez sirvió para encumbrarle: el de prestidigitador visual.

Que la disfruten, amigos.

Lo más destacado: Varias secuencias imprescindibles.

Lo menos destacado: la mala interpretación de Tim Robbins en un papel que, definitivamente, debió recaer en un actor más comprometido con las servidumbres de la actuación.

Calificación: 8,5