Lenguas de Raúl Cerezo Lenguas, primer corto reivindicable de la también corta (pero, aventuramos, prometedora) obra curricular de Raúl Cerezo (leer crítica de Escarnio: su último corto), realizada en formato de video profesional y a una edad insultante, nos introduce en la mente de un joven con aspiraciones de cortometrajista, un novio celoso y de tendencias paranoicas (el protagonista no hace más sino sugerir ser protagonista de una de sus ficciones), mártir de su propio delirio y de su imaginación; un individuo atrapado, en primer lugar, y vencido, después, por los incontinentes efluvios de una conciencia aferrada a una doble paranoia: creerse a) protagonista de uno de sus cortos y b) víctima de un ataque de celos de manifestación creciente e imparable. Acciones contra las que responde de un modo absolutamente autodestructivo: persiguiendo a los artífices nominales de su paranoia y, en último término, atacando vehementemente a aquellos que publicitaron el (supuesto) oprobio.

Bebe, sin quererlo, de las constantes gilliamnianas habituadas a introducirnos en mundos proyectados sobre otros “reales” (y realistas: no en vano, todo el entramado se desarrolla en un parque revestido de insólita cotidianidad) en los que ni siquiera los personajes saben qué lado de la realidad pueblan; y en ella se asoman, entre otros arquetipos: pepitos grillos de ascendencia corrumpente; camellos drogotas aficionados a las armas; amigos, pues sí, deslenguados que bien harían en meterse en sus asuntos...; personajes que sobreexcitan al protagonista hasta llevarlo al imposible clímax (que no puede sino culminar de manera liberadora) que pone fin a la película.

El director aprovecha el producto para jugar con las texturas y las formas, permitiéndose la insolencia (y bizarría) de explicitarlas (el color para la narración de la “realidad”, el blanco y negro para las secuencias ficcionadas, el azul para la cristalización práctica de los pensamientos...), al mismo tiempo que aprovecha para estirar todo el metraje y entramado en torno a las consecuencias nefandas de un hoax (llevadas hasta el máximo extremo posible); carácter exagerado e impetuoso que hacen que la cinta de Cerezo comience a mostrarse excesiva y redundante una vez comprendida y asimilada su premisa inicial; consistencia que se recupera, sin embargo y de forma harto abrumadora, en el duelo arrebatador e inspirado que la pone fin, narrado con pulso impecable y mejor factura, y que da buena cuenta del talante estiloso de su creador.

Así las cosas, y a pesar de que en algunos momentos buena parte de sus soluciones argumentales flirteen con los proclamas tremendistas que, en justicia, pretende debatir y criticar (y que justifican el brillante plano subjetivo de la conclusión), la propuesta de Cerezo logra sobrevivir al dilatamiento extremado de su premisa, debido al trabajo impagable (sabemos que literalmente) y sumamente planificado de cuantos medios técnicos e interpretativos intervienen en la película, minimizando una falla, en absoluto insuperable, que no impide –en último término- el disfrute de esta corta pero arriesgada y categórica dramatización adolescente del centenario mito de Othello.

Visión ultra paranoica y violenta del mundo de los celos y sus servidumbres, en fin, Lenguas de Raúl Cerezo, se define (en su cualidad de trabajo de aprendizaje) como un tour de force vibrante e hiperbólico, una historia descomedida y superlativa, que el director (y guionista) utiliza como subterfugio para dar rienda suelta a su incuestionable talento para la composición de plano y la narrativa, pero también se presenta como una aguda y perspicaz reflexión sobre la necesidad de saciar gargantas ávidas de emociones fuertes con inabarcables porciones de hemoglobina impostada.

Lo más destacado: la primera (y arriesgada: será la primera imagen de su Carrera que se recuerde) secuencia inicial; lo bien que se escuchan los diálogos (no en vano, eje narrativo y sostén de toda la cinta); el marcado tono sarcástico de la mayoría de las intervenciones...

Lo menos destacado:
Que acaba siendo víctima de su propia voracidad.

Calificación: 7,5